
El 18 de mayo del presente año, 2005, invitado por Oscar de la Borbolla, quien me acompañó en todo momento, ofrecí una conferencia en la ENEP Acatlán. Creo que ya no se llama así, pero he olvidado el nombre actualizado. En realidad no fue una conferencia sino un diálogo con los estudiantes, que me parecieron muy receptivos, muy preparados y respetuosos. Al terminar el evento, se hizo una fila de jóvenes que querían les autografiara diversos libros míos, y con cada uno de ellos cambiaba algunas palabras además de pedirles su nombre para anotarlo al encabezar mis palabras. Pero recibí una verdadera sorpresa, pues un joven me presentó un ejemplar de mi primer novela, Gazapo, encuadernado en pasta dura, en una edición que nunca antes había visto. Revisé el volumen y vi que correspondía a una colección Planeta CONACULTA, ¿cómo es que nunca me lo habían notificado? Le dediqué esa copia a su dueño declarando mi azoro y confusión, y la rareza, para mí, de firmar un libro en un formato y una edición desconocidas. Al volver a casa le escribí un e-mail a Andrés Ramírez, editor de Planeta y a cargo de la editorial Joaquín Mortiz. Andrés, muy rápido y cortés, me contestó que esa edición había aparecido hacía cinco años y que Patricia Mazón me debía haber avisado. Patricia Mazón estuvo en ese puesto muchos y fructíferos años, y de pronto salió, no sé si por su gusto o fue despedida, y no, nunca me dijo nada. Yo quería que me consiguieran unos cinco ejemplares y que me explicitaran el número de copias vendidas y pagaran el pequeño porcentaje que me corresponde. Andrés se las arregló para conseguir por lo menos un ejemplar, que es morado con azulito y el ejemplar que yo autografié era predominantemente rojo, ¿o ya no me acuerdo bien?, y puso en marcha el pago, que presenta muchos obstáculos para que lo pueda hacer efectivo. El 26 de agosto finalmente, en las oficinas de Planeta recibí una copia de esa edición, y me comprometí a conseguir una carta del IRS adonde se confirme que vivo en los Estados Unidos y acá pago impuestos. Esto que parece fácil y hasta estúpido es casi imposible en el mes de septiembre. Pero esa es otra historia, y la pregunta que me queda latente es ¿si Oscar de la Borbolla no me hubiera invitado a esa conversación con sus estudiantes, y si ese estudiante que llevaba la edición de Planeta CONACULTA, no la hubiera llevado y no me la hubiera presentado para recabar mi firma, entonces qué? Estaría ofreciendo mis clases y escribiendo mis mamotretos en la ignorancia de una edición subrepticiamente hecha a mis espaldas, y sin duda, al tanto de mi desconocimiento. ¿O exagero? Y todo es resultado de un malentendido, de cierta confusión en la que vivimos todos, de un atarantamiento que a partir de ahora, están tratando de poner en claro. Afortunadamente he contado con la amistad, la complicidad y la buena voluntad de Andrés Ramírez, y otras personas, porque si no estaría perdido, ya que escribí a CONACULTA preguntando sobre esta coedición, desde el 24 de mayo y es hora que todavía no recibo respuesta.