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02 mayo 2007

Por Jorge Ibargüengoitia


En Gazapo, Menelao y Gisela, los personajes centrales, se llaman entre sí “conejo,” es decir, gazapo; pero no hay que olvidar que gazapo también quiere decir mentira grande. Toda esta información la podemos obtener en la primera página de la novela; es decir, que el autor se nos presenta como con un letrero que dijera cuidado con los rateros. Esto es novedad.

Las novelas siempre han sido narraciones de hechos que tienen tan poca importancia histórica que lo mismo da que sean reales o inventados: lo importante es que alguien los cuente. Pero el narrador de estos hechos, reales o inventados, se tiene que someter a una serie de leyes elementales, de las cuales, la más importante, es la de consistencia. Si yo empiezo una historia con había una vez un rey y una reina…estoy obligado a desarrollar mi trama partiendo de la suposición de que había un rey y una reina. Lo que Gustavo Sainz hace, corresponde a un narrador que dijera: había una vez un rey y una reina; o mejor dicho había dos reyes y dos reinas. Pero todo esto no es cierto, porque en realidad no había ningún rey, ni ninguna reina. ¡Pero lo peor del caso es que había un rey y una reina!

Para ilustrar esto, voy a dar ejemplos. Mauricio, el amigo de Menelao, hace una grabación dedicada a Gisela, la novia de Menelao, en la que narra la aventura que tuvieron él, Mauricio, y Menelao con una tiple llamada Bikina. La grabación termina así:


13 octubre 2006

Gazapo: las ediciones :

: click en la imagen :

26 enero 2006

A 40 años de Gazapo : Ignacio Trejo Fuentes

Cuando aparecieron las primeras novelas de José Agustín y Gustavo Sainz: La tumba (1964) y Gazapo (1965), la crítica las desestimó aduciendo que no eran literatura, o al menos literatura seria, ortodoxa. Puede entenderse ahora que los rígidos analistas no estaban preparados para enfrentar propuestas distintas a las que estaban acostumbrados por los también “serios” novelistas mexicanos.

Y eso que para entonces nuestros narradores se habían bajado del caballo para subirse al avión, encabezados por Martín Luis Guzmán, Agustín Yáñez. José Revueltas, Juan José Arreola, Juan Rulfo y Carlos Fuentes: libros como Al filo del agua abrieron las puertas a la modernidad literaria, de modo que la ceguera ante las obras iniciales de Agustín y Sainz no pudo ser sino rescoldo de provincianismo crítico. Y es que, ciertamente, las novelas de estos jóvenes (tenían veinte y veinticinco años, respectivamente) iban por rumbos temáticos y técnicos del todo distintos, como también lo fueron las de sus coetáneos Jorge Ibargüengoitia (Los relámpagos de agosto), Femando del Paso (José Trigo), Salvador Elizondo (Farabeuf), Vicente Leñero (Estudio Q) o José Emilio Pacheco (Morirás lejos). Menudo lío el de los lectores profesionales: los autores citados no hablaban ya de inditos ni de balaceras y asonadas. sino de otras cosas: los ritos de iniciación de jovencísimos clasemedieros capitalinos. la parodia de la Revolución Mexicana, la ciudad de México convertida en caudal de palabras. la tortura como planteamiento filosófico y lingüístico, las marañas de la televisión o la confrontación de asuntos mexicanos con otros extranjeros, cada cual mediante recursos más que novedosos en esos momentos. Qué dificil leer a Del Paso, a Elizondo, a Pacheco; ¿pero a Agustín y a Sainz (y a Ibargüengoitia)?
La tumba y Gazapo desconcertaron porque en apariencia estaban concebidos bajo conceptos muy poco literarios, su lenguaje era el hablado por los jóvenes de clase media del Distrito Federal y las cosas que contaban resultaban “niñerías”, “insignificancias”; de seguro irritaba que los protagonistas hicieran albures, tomaran malteadas en el Sanborns de Lafragua o en o comieran hamburguesas en La Vaca Negra, que utilizaran grabadoras o se la pasaran hablando por teléfono, que recurrieran con frecuencia al idioma inglés y prefirieran el rock and roil antes que Ray Conniff. Pero, cuidado, la aparente falta de composición era en realidad una serie de inteligentes estructuras, el lenguaje el más apropiado para los personajes y su circunstancia, y éstos, a fin de cuentas, rescataban por vez primera, en serio, a los adolescentes como protagonistas principales: antes no aparecían en nuestra novelística, y si lo hacían era sólo como figuras secundarias, como meras comparsas, acaso como elementos decorativos: en las novelas de Agustín y Sainz se alzan como auténticas primeras figuras. y por si eso friera poco, hacen suyas, personifican las ebulliciones que toda una generación a nivel mundial llevaba dentro, concentradas en la rebeldía ante la autoridad (familiar, religiosa, escolar, estatal). Podría decirse, y no sin razón, que la juventud es rebelde por antonommasia. pero en la novelística nacional el asunto no había sido manejado con propiedad, quizá ni por equivocación: debieron aparecer escritores asimismo jóvenes para poner sus cartas sobre la mesa y hacerse oír.
Con el tiempo, la incorporación de la juventud a la literatura mexicana por esos dos autores ha sido más o menos aquilatada, vista con la justicia que merece, aunque su ejemplo no queda sólo en eso: aquellos dos abrieron las puertas para que otros escritores vieran que era posible escribir sin corsés y sí con desenfado, con humor y además hacerlo de cualquier cosa, y recuérdese que para los críticos lo que contaban Agustín y Sainz era cualquier cosa. En suma, abrieron más de un clóset.
He leído Gazapo con motivo de su cumpleaños número cuarenta, y quiero compartir algunas opiniones al respecto.
Lo que se cuenta en la novela ocurre en la ciudad de México en la primera mitad de la década de los sesenta, y sus personajes (Menelao, Vulbo, Gisela, Bikina, Mauricio, Jacobo, Nácar...) son adolescentes que viven en las colonias Del Valle y Narvarte. Se reúnen en la escuela o en la calle o en sus casas para contarse sus cosas: broncas con otros muchachos, aventuras disparatadas (raptan a la abuela enferma de Menelao y la llevan a remar al Lago de Chapultepec). Sus intentos de seducción y, principalmente, los conflictos familiares. Menelao, que vive con su padre y su madrastra, se va de la casa; su novia Gisela tiene prohibido salir con él; Mauricio pide refugio a Menelao en su departamento; Nácar es viuda a los dieciséis años. Para contarnos esto, el narrador, Menelao, no se pierde en detalles ni hace berrinches ni juicios sociológicos o morales: nos habla de su situación y ya: se fue de la casa porque su padre es mandilón de su mujer, la madrastra, y ésta y el hijastro no se soportan. Tan fácil. Y así, tan fácil, va por la ciudad, por la vida, sin mayores apremios económicos, empeñado en cogerse a Gisela y arropado en su soledad por sus fidelísimos amigos.
Valga decir que los personajes de Gazapo son más fresas que los de La tumba, de José Agustín, pues mientras en ésta la ruptura de los lazos familiares es definitiva y abundan el sexo y el alcohol y aun la droga y el ‘desenfreno” (el protagonista hace el amor con su tía), en Gazapo la rebelión mayor es irse de casa, mas prevalecen la “castidad” entre los novios (la relación sexual que se da entre dos de ellos parece ficticia), la ingestión de jugos de fruta y refrescos y cuando mas fumar cigarros. Sin embargo, subsiste un soterrado deseo de desquite de los adolescentes en contra de los adultos: por eso roban un automóvil, raptan a una anciana y están al tanto de las acciones de los trangresores para unirse a ellos y ayudarlos a cobrar venganza de los agravios.
Vale la pena hacer referencia a los modos de contar de Gustavo Sainz. Como dije, en su novela prevalece el lenguaje propio de sus protagonistas. se son fieles el uno al otro, pero hay una reelaboración artística, literaria, de modo que las palabras cotidianas y las mentadas y los albures conviven armoniosamente con las “domingueras”, con adjetivos audaces y con figuras de la mayor precisión y elegancia: se sabe así que el autor y sus narradores conocen la palabra exquisita, mas optan por la más adecuada en el momento apropiado del discurso. De ese modo, éste no parece pretensioso, o fuera de lugar o acartonado: hubiera sido patético toparnos con latinajos y grandes metáforas en boca de esos adolescentes cuyos referentes literarios son La pequeña Lulú y los libros obligados en clase. Hablan como tienen que hablar, y por eso resultan frescos, creíbles. Tal vez esa falta de afectación hizo que los críticos echaran de menos los alardes verbales de Guzmán, Yáfiez, Rulfo o Arreola. Pero hay más, en cuanto a la técnica.
La trama de la novela está puesta en presente, y aunque el narrador fundamental es Menelao se permite la alternancia de otras voces mediante charlas telefónicas, las páginas sin puntuación del diario de Gisela o los registros en la grabadora de cuanto dicen los amigos de aquéllos. Y de que hay alardes técnicos los hay, si consideramos la edad del autor en ese tiempo. Por ejemplo, la página inicial, la que encontramos cuando no sabemos de qué se trata, quién habla, etcétera, vuelve a aparecer, íntegra, tal cual, más adelante como registro magnetofónico. Es decir, Menelao escribe al mismo tiempo que graba, o viceversa, y eso despeja toda ingenuidad del texto y le confiere una audacia singular. Como parte de ese despliegue técnico, debemos observar que Sainz da al traste con la estructura ortodoxa que impica inicio, clímax y desenlace. y empieza o continúa o culmina en cualquier parte, donde le da la gana sin que eso afecte el corpus de la obra y la hace, al contrario, un flujo firme e incesante.
Es muy posible que a los lectores actuales, Gazapo les parezca, desde el punto de vista temático, contemporánea de los dinosaurios, pero es importantísimo no dejar de lado que era lo más vivo en el momento de su aparición: sus personaes y su entorno son fieles encarnaciones de los jóvenes capitalinos de los sesenta, cuando la rigidez de los patrones familiares, religiosos, educativos, políticos, era extrema: se tenía que hablar con corrección y sin palabrotas, había que ir misa y comulgar, asistir a clases bien planchaditos y con el pelo controlado con limón, aprender completo el himno nacional y mostrar adoración por los héroes y símbolos patrios. Imposible desobedecer a los padres o a los mayores, los manotazos y los jalones de orejas y de patillas estaban a la orden del día. Igual ocurría con los maestros y prefectos. Con los representantes de la autoridad, ni se diga. Era, sin duda, una sociedad asfixiante para los jóvenes, se vivía casi con camisa de fuerza, y romper las reglas significaba un suicidio, romperse la madre a sí mismo. Eso era más flagrante en el caso de las mujeres, aun las habitantes de la modernísima ciudad de México vivían como enclaustradas: por eso no tardaron en enarbolar la moda de la minifalda, y ellos el pelo largo y el peace and love y las canciones extranjeras que proclamaban ideas de libertad en todos los órdenes. Por eso, nada más ni nada menos, fueron los jóvenes quienes en 1968 nutrieron las enconadas manifestaciones de rebeldía ante el Poder (otra vez: político,
religioso, social, familiar) en Praga, París, Los Ángeles y la propia ciudad de México. Puedo asegurar. sin ningún rubor ni timidez, que en las novelas de Agustín y Sainz está retratada esa inconformidad, tal ebullición de ideas de rebeldía. así sea matizadas por los incipientes arrebatos de los protagonistas: fumar marihuana, escuchar rock, alburear, irse de casa.
¿Cómo se lee Gazapo cuarenta años después? En el caso de mis contemporáneos cincuenteros, con nostalgia; en el de las nuevas generaciones, quizás con asombro ante cosas que les parecen ingenuas (ahora que tienen acceso a las maravillas cibernéticas, la presencia en la novela de una grabadora debe parecerles prehistórico, pero entonces era algo extraordinario). Lo último puede ser sólo si se le con ingenuidad, si no se hace esa doble o triple lectura necesaria para ubicar la novela en su contexto. Gustavo Sainz, con José Agustín (habría de agregárseles Parménides García Saldaña), abrieron puertas tanto temática como técnicamente: a partir de ellos, los narradores se percataron que no era necesario ponerse el smoking o la corbata antes de sentarse escribir, que todo y no sólo Los Grandes Temas era susceptible de ser literaturizado, siempre y cuando hubiera detrás inteligencia creativa, conocimiento. ¿Qué hubiera sido de escritores como Armando Ramírez o Luis Zapata o Juan Villoro o Enrique Serna, por mencionar sólo algunos, de no haber conocido antes de fraguar sus propias novelas a José Agustín y Gustavo Sainz? Dificilmente el primero hubiese podido publicar, con gran éxito, además, libros como Chin Chin el teporocho; y el segundo Hasta en las mejores familias y El vampiro de la colonia Roma, que abrió a su vez las puertas grandes para la literatura de tema homosexual en este país, antes tema tabú. Creo que ellos, y sus propios seguidores o émulos, deben mucho a los
autores de La tumba y Gazapo (y luego De perfil y Obsesivos días circulares, Se está haciendo tarde [final en laguna] y La princesa del Palacio de Hierro).
Los autores de lo que John S. Brushwood llamó juvenilismo y más tarde Margo Glantz rebautizó como literatura de la onda, tienen, con aquellas sus novelas iniciales, una platea de lujo en el concierto de la literatura mexicana. No sólo rescataron a los adolescentes como figuras protagónicas de primer orden, sino quitaron el cerrojo a las formalidades temáticas y técnicas: a partir de ahí, jugar con el lenguaje, con las formas de manera radicalmente opuesta a como lo hacían sus antecesores y aun sus contemporáneos (mencionados ya al principio de estas notas), se hizo algo común y corriente. Parte de ese encumbramiento obedeció al conocimiento que tenían de la literatura mexicana y extranjera: leían a Rulfo y a Fuentes, sí. pero también a Joyce y a Proust y a Fawlkner y, principalmente, a J.D. Salinger y su The Catcher in the Rye (novela que tuvo mucho que ver, muchos años después, con la muerte de uno de los grandes iconos de la décadade los sesenta, John Lennon). Eran, también, desaforados cinéfilos y melómanos.Y no debemos olvidar que ambos, Agustín y Sainz, trascendieron lo entonces novedoso de sus propias obras y se brincaron muchas trancas: las promovieron en programas de radio escuhados por los jóvenes de entonces (¿Radio Éxitos, Radio 590, Radio Mil?), y encontraron respuestas más que halagüeñas: sus libros, que habían sido publicados en editoriales importantes (publicar en la Serie del Volador de la editorial Joaquín Mortiz era la gran ambición de los autores mexicanos). fueron acogidos con sobrado entusiasmo por los lectores jóvenes, y desde entonces se han reimpreso una y otra vez: era que esos lectores se reconocieron en esos personajes y en esas circunstancias, hallaron en las páginas de esos escritores lo que hubieran querido decir ellos, o lo que no sabían o no habían leído de sí mismos.
¿Y qué hubo después de esa incursión pionera de Agustín y Sainz? El primero siguió siendo fiel a su mundo de jóvenes desmadrosos aunque en el fondo serios y pensantes, aunque claro, con las herramientas narrativas cada vez más pulidas. Sainz, por su parte, fue alejándose de ese universo a partir de Obsesivos días circulares y optó por la incesante exploración de nuevas estrategias narrativas, hizo novelas basadas sobre todo en la experimentación más audaz desde el punto de vista formal: novelas suyas como Salto de tigre blanco o La muchacha que tenía la culpa de todo son rara avis en nuestro panorama, y en otros (Agustín experimentó hasta los límites en Cerca del fuego , pero luego retomó su rumbo natural).
Leída a cuarenta años de distancia, Gazapo, me parece, conserva su frescura, su indiscutible fuerza narrartiva. La he releído con absoluto entusiasmo y encuentro que sigue tan campante. Si a eso agregamos los méritos señalados atrás, no cabe duda que negar su vigencia, su salud, sería necio.

22 noviembre 2005

A 40 años de Gazapo : José Agustín

Gustavo Sainz y José Agustín 1966


En la primera mitad de los años 1960 Vicente Leñero ganó el premio Biblioteca Breve con Los albañiles, y en muchos sentidos preludió lo que vendría en 1965: la publicación, casi simultánea, de dos libros antitéticos pero complementarios, revolucionarios y fundacionales de la novela en México: Gazapo, de Gustavo Sainz, y Farabeuf o La crónica de un instante, de Salvador Elizondo, ambas editadas por la Serie del Volador de Joaquín Mortiz.
Hasta donde sé (pero si la riego ahí está el plumil corrector de Sainz), aunque Gazapo se publicó en ese año en realidad había sido terminada antes; se llamaba Conejo extraordinario, pero ese nombre se cayó cuando apareció Corre, Conejo, de John Updíke, y entonces Saint—Sainz salió con el raro y afortunado título Gazapo, conejo joven, pero también taimado, embustero; en todo caso el joven de la barbita llevó su agazapada novela a Joaquín Mortiz, donde la aceptaron. Pero en aquella época, más que ahora, los editores solían tomarse todo el tiempo del mundo y los libros aparecían a los dos, tres o cuatro años de la contratación. Así ocurrió con Gazapo y Farabeuf, por lo que, al menos una vez, si no es que más, Gustavo sensatamente aprovechó esa lentitud caprichosa para hacer cambios y correcciones, y así lo que apareció en 1965 ya no fue el manuscrito oriqinal. Yo mismo tengo una de las versiones de Conejo extraordinario, con collages de Gustavo en la portada. La dedicatoria, típica de Sainz Fiction, es de letra muy limpia que abre veredas de rumbos sinuosos a lo largo de la página y puede continuar en las siguientes.
La novela de Sainz tuvo un éxito instantáneo. Hasta la fecha tiene muy buenas ventas. Pero entonces era algo distinto en todos sentidos. La portada con la foto de la conejita difuminada por una pantalla abría el mundo adolescente, durísimo, muchas veces cruel. Un túnel oscuro y larguísimo que se hace fácil por la vitalidad e inconsciencia que a esa edad se derrama, y por los amigos, apoyo decisivo en el proceso de crecimiento de Menelao: salir desdramatizadamente de la casa, o más bien hacinado departamento, del padre, un taxista desdibujado, donde se quedan las tias, una evangélica y otra católica, la abuela senil y las espiadas a la linda Gisela al bañarse. Menelao se va a vivir al departamento polvoriento de su mamá, que nunca aparece pero que le debe a medio mundo, el escenario fonqui de la seducción sin prisas de Gisela, “historia de amor” y eje de la novela.
Como sublíneas están los intentos de seducción de Vulvo a Nácar, una chaya que nadie ve y sólo existe a través de lo que él cuenta; y la relación, mucho menos desarrollada, de Mauricio y Bikina. Qué nombrecito. Esto subraya la importancia del amor en el proceso de crecimiento e independencia, pues la pareja ahora proporciona el apoyo emocional que daban los padres, además de que erotiza toda la novela a través de los accidentes de la conquista de Vulvo y de la paciencia amorosa de Menelao, quien quisiera eternizar cada instante. A Vulvo le encantaría cogerse a Nácar lo más pronto posible, pero Menelao no tiene ninguna prisa en poseer a Gisela. Mauricio, por su parte, no se anda con cuentos eróticos y se acuesta con Bikina cada vez que puede.
Lo que ocurre siempre es muy relativo. A veces, rashomonianamente, es una versión que después alguien cuenta de otra manera; o se trata de grabaciones o diarios hechos por Menelao, Gisela o alguno de los metiches personajes; si no, se trata de una narración de cuarta o quíntuple generación, pues alguien cuenta lo que contó otro a quien se lo transmitió uno que lo oyó de un testigo presencial pero distraído y lejano de los acontecimientos. Las cosas ocurrieron así o quizá no. Quizá ni siquiera tuvieron lugar, puras fantasías muy elaboradas. El tiempo entonces se desarticula, va y vuelve, se repite, pierde linealidad, tiende a lo circular, concéntrico, al eterno retorno, y difumina los bordes de la realidad y la ficción. Esta relatividad crea el espacio mítico, el no—tiempo, el del rito de iniciación que se repite inexorable, consciente o no, de hecho casi siempre inconscientemente, en todo joven de esa edad en cualquier parte del mundo y de cualquier época.
Además de la estructura no-lineal y de la relatividad de lo narrado, el lenguaje es gran protagonista. Gus Sainete es experto en el habla coloquial, precisamente porque no la evade sino que la maneja con precisión y la vuelve intensa materia literaria. La narración, cool, contenida, es rica en detalles; de todo se narra lo indispensable, pero con una veracidad llena de “sabor”. Abundan los cortes abruptos, las elipsis y la ambigüedad; pero cuando es necesario, Sanx Sainz se detiene y se toma todo el tiempo del mundo. Además, los nombres son muy divertidos, como Tricardio, Madhastra, Mochatea o Menelao-Menelado-Melenas— Melameas-Melachupas—Melancétera. Y Bikina. O Vulvo, nombre increíble, de alguna forma transgresor y retador, como Sarro en Obsesivos días circulares. Sarro. Carajo. Son parte de los detalles que enriquecen, como la riqueza de albures, muchos buenísimos, Medallas el Hojalatero, ¿sabes remar? pues vete remando a la chingada, el Pelón me preguntó que cuándo vas a darle sus Ovaciones y su mascada, ¿sabes remar? pues remámame los huevos, huele a pedo, no, a cosaco; sí, yo soy el que entierra la vela, es mas largo que un entierro, entierro de ciegos Sainzano es rey.
Todo esto crea la credibilidad, naturalidad y autencidad del relato, cuya estructuración y las infinitas versiones matizan continuamente; parece algo sencillo pero no lo es para nada. A esa capacidad e inventiva de ordenar con precisión los materiales, se añade un estilo que fusiona economía y contención, fluidez y amenidad, rigor y soltura. Sainz no es copista o taquígrafo de “lo real”; al contrario, transmuta el habla oral en una inteligente y provocativa expresión literia. La escritura, limpia, económica, pulcramente vigilada, busca y obtiene el lenguaje justo, y así a la vez da humor, ironía y diversión en grande. Gazapo encuentra un raro equilibrio entre lo real y lo imaginario. Es compleja, elaborada, artística, y a la vez natural, auténtica, disfrutable.
Con el tiempo, esta novela, como pilón o bonus track, ahora reconstruye una época, la ciudad de México de fines de los cincuenta y principios de los sesenta; los paseos por gran parte de la capital crean una atmósfera de eternización del momento, como en Farabeuf pero de una manera muy distinta; por eso el libro termina diciendo: “De esa época conservo algunas fotografías.” Además, Gazapo fue parte del raro fenómeno de una narración de la juventud desde la juventud misma, con la correspondiente autenticidad, cambios de temas, lenguaje, tono, situaciones y de la concepción de la literatura misma. Como La tumba (1964) y De perfil (1966), o Pasto verde (1968) y El rey criollo (1970), de Parménides García Saldaña, Gazapo fue una novela generacional que expandió el núcleo de lectores en beneficio de la cultura en México. Sainz Friction, bastante consciente de lo que hacía, planteaba sus puntos de vista firme o incluso belicosamente. Desacralizó a la cultura, la actualizó y la hizo más ágil e inteligente. Conocía el medio y sabía cómo darle empujoncitos a su novela, así es que nunca rehuyó ninguna forma de promoción o de publicitación al margen de los mecanismos del Establishrnent. Todo eso convirtió a Gazapo en un fenómeno especial, muy importante en el inicio de “la nueva sensibilidad”. En 1968 la juventud tuvo tal peso en la vida nacional que Revueltas abjuró el dogma del proletariado como vanguardia de la revolución. Esa vez, al igual que en Francia, Chocoeslovaquia o Estados Unidos, los estudiantes fueron “la descubierta” de una creciente msatisfacción universal y de un llamado a la humanización.
Como decía Fereydoun Hoveyda, las cuarentenas son críticas, puntos decisivos, pero en sus cuarenta años Gazapo sigue entera, viva, tierna y divertida, desafiante y cordial, estimulante y vía de reflexión; se ubica y documenta los tiempos del desarro— llismo, el sueño mexicano de “en la paz todo es posible”, el de “De esa época conservo algunas fotografías”. Pero sigue siendo esencial el tema del paso de un joven que se separa del núcleo familiar para vivir por sí mismo, frecuentemente con la ayuda del amor; es lo eterno, arquetípico, clásico, aunque Menelao no parece tener relación simbólica con el de Homero. Gazapo, además de recrear y fijar con énfasis el tiempo, reinventa el mito del ritual de iniciación a la madurez desde dentro, en medio de su condición sagrada y su cotideaneidad, lúdica y dionisiacamente como en Eleusis, con humor, ingenio, inteligencia, malicia y pequeños toques de perversidad. Y mexicanidad. En Gazapo el tema del fin de la adolescencia es impecable, natural, divertido, veraz y eficaz. No dudo que esta novela seguirá vigente durante mucho tiempo. Es un auténtico clásico de la literatura mexicana.

08 septiembre 2005

Un Gazapo clandestino


El 18 de mayo del presente año, 2005, invitado por Oscar de la Borbolla, quien me acompañó en todo momento, ofrecí una conferencia en la ENEP Acatlán. Creo que ya no se llama así, pero he olvidado el nombre actualizado. En realidad no fue una conferencia sino un diálogo con los estudiantes, que me parecieron muy receptivos, muy preparados y respetuosos. Al terminar el evento, se hizo una fila de jóvenes que querían les autografiara diversos libros míos, y con cada uno de ellos cambiaba algunas palabras además de pedirles su nombre para anotarlo al encabezar mis palabras. Pero recibí una verdadera sorpresa, pues un joven me presentó un ejemplar de mi primer novela, Gazapo, encuadernado en pasta dura, en una edición que nunca antes había visto. Revisé el volumen y vi que correspondía a una colección Planeta CONACULTA, ¿cómo es que nunca me lo habían notificado? Le dediqué esa copia a su dueño declarando mi azoro y confusión, y la rareza, para mí, de firmar un libro en un formato y una edición desconocidas. Al volver a casa le escribí un e-mail a Andrés Ramírez, editor de Planeta y a cargo de la editorial Joaquín Mortiz. Andrés, muy rápido y cortés, me contestó que esa edición había aparecido hacía cinco años y que Patricia Mazón me debía haber avisado. Patricia Mazón estuvo en ese puesto muchos y fructíferos años, y de pronto salió, no sé si por su gusto o fue despedida, y no, nunca me dijo nada. Yo quería que me consiguieran unos cinco ejemplares y que me explicitaran el número de copias vendidas y pagaran el pequeño porcentaje que me corresponde. Andrés se las arregló para conseguir por lo menos un ejemplar, que es morado con azulito y el ejemplar que yo autografié era predominantemente rojo, ¿o ya no me acuerdo bien?, y puso en marcha el pago, que presenta muchos obstáculos para que lo pueda hacer efectivo. El 26 de agosto finalmente, en las oficinas de Planeta recibí una copia de esa edición, y me comprometí a conseguir una carta del IRS adonde se confirme que vivo en los Estados Unidos y acá pago impuestos. Esto que parece fácil y hasta estúpido es casi imposible en el mes de septiembre. Pero esa es otra historia, y la pregunta que me queda latente es ¿si Oscar de la Borbolla no me hubiera invitado a esa conversación con sus estudiantes, y si ese estudiante que llevaba la edición de Planeta CONACULTA, no la hubiera llevado y no me la hubiera presentado para recabar mi firma, entonces qué? Estaría ofreciendo mis clases y escribiendo mis mamotretos en la ignorancia de una edición subrepticiamente hecha a mis espaldas, y sin duda, al tanto de mi desconocimiento. ¿O exagero? Y todo es resultado de un malentendido, de cierta confusión en la que vivimos todos, de un atarantamiento que a partir de ahora, están tratando de poner en claro. Afortunadamente he contado con la amistad, la complicidad y la buena voluntad de Andrés Ramírez, y otras personas, porque si no estaría perdido, ya que escribí a CONACULTA preguntando sobre esta coedición, desde el 24 de mayo y es hora que todavía no recibo respuesta.