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16 agosto 2005

De tu trochemoche voy a tu trochemoche vengo

Gustavo (de tu trochemoche voy a tu trochemoche vengo):

Abro la ventana para asomarme a verte, recién liberada del avión, hoy de nuevo en casa en tijuanita y tarde que se me hace platicarte que en esta larga ausencia tapatía te llevé de los ojos (leerte es otra forma de saberte); raptor, a ti te digo, raptor, en Guadalajara volvió a pasar mientras te hojeaba: me perdí en ti que fue olvidarme de mí del mundo y del reloj, por la sangre sólo el tic tac de tus palabras y suenan bien muy bien, conversan de maravilla unas con otras tus palabras -¿has escuchado alguna vez el diálogo de una campana a otra?, los acentos con los que se platican las lenguas rígidas de un lado a otro el universo de la carne rígida y el tan sonoro eco qeu se expande -no rígido ya, disuelto por el viento, carne sonora el ondulado acento de una campana a otra, de una boca a otra, de una oreja a otra, de una palabra a otra... ¿Mueven los ojos las palabras? Mueven los ojos. Las palabras. Oye, ¿puede alguien mudar de cuerpo y domicilio mientras lee, mientras escucha? Mudo pensar que es escuchar que es más sentir latir saberse vivo en otro acentro adentro del papel al fondo más adentro. ¿Puede el tiempo anularse, mudarse a otra galaxia mientras en la lectura los ojos hacen de las suyas, es decir, de las tuyas? ¿Pueden los ojos mudar la realidad, fluidez en otro tiempo, el tuyo, algo así como meterse a una película -inédita-, vibrar en el sonido y las imágenes y ser de pronto plasma verbo movedizo por la página, y luego ser memoria, pura, palpitante? Pueden. Sí. A troche y moche. Los ojos. De la frente a la página al otro lado del tiempo abrevan se renuevan las miradas. Se mudan -y de pronto la página y palabras y preguntar a dónde y cómo y qué ha sido de la mente el alma el habla el tiempo... el hálito de Gustavo, ¿a dónde transporta el ser en apariencia quieto? El cuerpo, esta campana. Y no querer que corran páginas que se anuncian las últimas, fin, que no acabe la eternidad no se detenga, que el cuerpo no vuelva a su estación de rigidez, que péndulo siga palabra fluyendo, convocando, transportando. Raptando. El rapto que no acabe. Pero se sabe, a troche y moche desde el inicio no hay punto final ni punto medio ni intermedio no hay punto donde todo es continuación y al fondo tú, sonriendo: ricura pura y no quiero perderme este sabor: pensar contigo es ir más allá del consuelo (de la filosofía), más más allá... No sé cómo se llame. Quizá ternura inédita, quizá revelación. Temblor de las esferas tras las sienes. Pure joy. Te abrazo al llegar de nuevo a casa, "meas delicias" leer-te. ¿De veras que no has oído las campanas que te celebran dentro de mis oídos? De sonidos los más amados: campanas, cascadas, trenes, barcos cuando parten, mi canario Fidelis y tus palabras en el más armonioso trochemoche que pone contemplativa a esta mujer. ¡Hazte a un lado, Boethius! Sigue, para mi gozo, Gustavo. Sigue.


Esalí (Estela Alicia López Lomas)
Mayo 20, 2005
9:48 pm

27 mayo 2005

Si no se lee aún más en este país a un escritor como usted, es por esta generación mía, ciega, y desheredada

Maestro:

Esta carta que le escribo es para agradecerle su dedicado trabajo con la palabra. Tenía catorce años cuando, hurgando la biblioteca de mi padre, hallé Compadre Lobo, fue en ese momento cuando se me apareció un infinito mundo, el de la literatura en español, para decirlo de una manera muy general. Había leído la "clásica literatura juvenil": Dumas, Verne, Salgari, Twain y Quiroga. Después de cansarme de piratas e islas de tesoros, me eché un clavado en Sartre, Kafka, Hemingway, Dostoievski, Hess, etc. No contaba con que Compadre Lobo correría para mí el telón del inmenso listado de autores y libros que cambiarían mi manera de sentir la experiencia como lector, y sobre todo, que me empujarían, en correspondencia, a tallar por mi cuenta y comenzar a escribir.

Hoy, diez años después, una vez leídos Gazapo, La princesa del palacio de hierro, Obsesivos días circulares y Paseo en Trapecio, también debo agradecerle por sus antologías, que me han llevado a revisar a Mojarro, Alfonso Reyes, José de la Colina, Puga, Pitol, Pacheco, bueno, a casi todos los incluídos en cada selección (si sigo nombrándolos me llevo la carta en ello) "Ritos de iniciación", "Corazón de palabras", "Los mejores cuentos mexicanos".

De manera especial quiero contarle que por el rescate invaluable de Ojalá te mueras no me alcanzan las palabras para el reconocimiento que necesito expresarle. Me he convertido en un promotor incansable del libro (a mi escala), y no quiero cansarle contándole las razones estéticas por las que lo considero uno de mis tres libros predilectos. He seguido su práctica de copiar personalmente para gozar cada una de las líneas letra a letra, en especial el primer capítulo de esa obra maestra.

Es a este dedicado trabajo con la palabra al que me refiero cuando le agradezco su labor, porque no solamente con sus libros me llenó de letras las noches adolescentes y porque mis cartas amorosas iban coronadas por alguna pequeña cita en la que mi Amparo Carmen Teresa Yolanda podía leer al final "G. Sainz". Tampoco basta decirle que en incontables ocasiones en que pasé conversando con mi padre y mis amigos allá en Progreso, Hgo., por tema tuvimos sus textos, y aún me faltaría decirle que si no se lee aún más en este país a un escritor como usted, es por esta generación mía, ciega, y desheredada.

Y es que, a pesar de las excepciones, me duelen los que como yo son jóvenes, pero sin pasado y sin intenciones de rescatarlo. Al parecer, en el caso especial de la literatura, lo que importa es la vanguardia; los poetas canadienses o los escritores portugueses... sí, lo son como en su momento lo fue la literatura de la Onda, sin embargo me parece que hay una diferencia clara entre los jóvenes de hoy y los de entonces, entre los del 68 y los que hoy ponen a Bob Marley y al Ché en su recámara, nostálgicos de... ¿qué cosa? Sé que estoy dibujando estereotipos, pero es que de plano me parece vergonzoso que prácticamente (pongamos una cifra) 98% de los de mi generación jamás se han acercado a un Rulfo, Paz, Arreola, Leñero, Ibargüengoitia, Fuentes, Yañez, etc. Mucho menos pedirles se asomen tantito a un Borges o Asturias... ni siquiera (ya que tiene monitos) a A. Jiménez.

Sin embargo, a nombre de ese 2% que vivimos de la palabra, le agradezco de nuevo por su trabajo, por explorar de manera más seria las posibilidades que tiene el español y por regalarme mágicas horas y recuerdos en mi vida, ya sea frente a una página o cuando he encontrado a mi Amparo Carmen Teresa Yolanda, a mi Vestida de Hombre, dejando sus libros de ser lo que otros califican como "ensayos narrativos" para convertirse en parte de mi historia. Gracias maestro.

Hoy trabajo con la palabra también, y aunque ya trabajé en cuento, estoy terminando mi primer libro de poesía. Y esto es en gran parte porque quiero participar de ese esfuerzo de reinventar el mundo por medio de las letras, y ha sido gracias a escritores como usted que me han abierto los ojos y la piel a esa aventura de leer y de crear.

Esta carta que ha tomado por caminos que no preví, no es un recuento de mis ideas sobre la literatura o esbozos biográficos salpicados de figuras ya clásicas de las letras. Es simplemente, mi reconocimiento como lector hacia un escritor esencial en su biblioteca, en su memoria, en cada página, así donde frente a frente cada palabra es símbolo, cómplice, o como usted, recuerda, una carta circular a los amigos a quien escribe. Yo, desde este lado de la tinta, quiero decirle que soy, sinceramente, su amigo.


Guillermo Garmendia Barrera