El caso de Serge André
Algunas novelas de Gabriel Miró, de Gerald de Nerval, de Virginia Wolf, de Alain Fournier, de Lawrence Durrell, de Marguerite Yourcenar, de Julio Cortázar, de Juan José Arreola, de José Bianco, de Reinaldo Arenas, han merecido el calificativo de “novelas líricas”: veáse el libro de Ricardo Gullón, La novela lírica, Madrid, Cátedra, 1984. Ortega diagnosticó el problema al afirmar que en la novela moderna la esencia no está en lo que pasa, sino “precisamente en lo que no es “pasar algo”, en el puro vivir, en el ser y en el estar de los personajes, sobre todo en su conjunto o ambiente”. Rubén Darío había pedido “ama tu ritmo”, y Juan Ramón Jiménez dijo más de una vez que libros como Diario de un poeta recién casado y Animal de fondo responden al ritmo del mar que los alentó al nacer. En resumen: hay libros en prosa que por su preocupación y lucha con el lenguaje, la intensidad de su introspección, su particular sentido del ritmo y el tono, su velocidad narrativa y su compromiso con la creación, están muy cerca del quehacer poético. Uno de esos libros es Flac, de Serge André, México, Siglo XXI Editores, 2000, en la extraordinaria traducción de Tamara Francés y Néstor A. Braunstein.




